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¿De qué nos defendemos?

Por Lic. Diana Arano

 

Freud introduce un cambio paradigmático al postular al trauma psíquico como la etiología de los síntomas. En este momento, nace la idea de defensa. En este estado de su investigación, se encuentra con lo inconsciente, y comienza a elaborar su primera tópica del aparato psíquico. Asimismo, la cuestión afectiva (entendida como carga libidinal) se revela como un elemento fundamental dentro de la economía psíquica, puesto que conlleva al sujeto a defenderse. Pero ¿de qué se defiende el sujeto? y ¿cómo opera exactamente esa defensa?

El presente ensayo se propone realizar un breve recorrido en los inicios de la teoría de Freud para abordar la represión, la cual, como él señala en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico (1914/2003) constituye “el  pilar fundamental sobre el que descansa el edificio del psicoanálisis” (p. 15). 

Estudiar la sintomatología que presentaban las histéricas mediante el método tradicional de la medicina era insuficiente porque no lograba determinar las causas. Por esta razón, médicos como Breuer y Charcot y el propio Freud comenzaron a implementar la hipnosis como herramienta para abordar la sintomatología.

En su investigación, Freud advierte que las histéricas sufren de reminiscencias, es decir recuerdos “olvidados” que continúan retornando bajo la forma de síntomas. En otras palabras, la paciente no recuerda dichos sucesos por ser desagradables, sin embargo, estos persisten en la vida del sujeto. Así, Freud plantea la vida psíquica como el escenario en el cual se localizan las causas de los síntomas.

No sólo avanza en la determinación de la etiología de los síntomas, desplazando la causa de lo orgánico a lo psíquico, sino que descubre mediante la hipnosis, que el síntoma desaparece cuando el enfermo logra descargar de manera eficaz el afecto ligado al recuerdo traumático. No obstante, los síntomas que desaparecían en el trance hipnótico retornaban al despertar. En Estudios sobre la histeria (1893-1895/2003): “esos recuerdos corresponden a traumas que no han sido suficientemente abreaccionados” (Freud, p. 35).

Se plantean dos cuestiones, por un lado la necesidad de descargar el afecto para arrancarle al recuerdo su carga y provocar su olvido, y por otro, para lograrlo con cierta eficiencia, la condición ha de ser que la paciente sea consciente de ello, de esta manera se lograba eliminar el síntoma. De lo contrario, como manifiesta Freud (1893-1895/2003) “el trauma psíquico, o bien el recuerdo de él, obra al modo de un cuerpo extraño” (p. 32). Algo que, en la vida del sujeto, pertenece y no al mismo tiempo.

Freud no solamente se encuentra con la dificultad de hacer consciente el recuerdo olvidado mediante la hipnosis, sino que además, se topa con otra dificultad técnica: algunos enfermos no eran hipnotizables. “Como la hipnosis me hacía falta para ensanchar la memoria, para hallar los recuerdos patógenos ausentes en la conciencia ordinaria, debía renunciar a esos enfermos o bien procurar por otro camino ese ensanchamiento” (Freud, 1893-1895/2003, p. 274).

En consecuencia, Freud abandona la hipnosis y pasa a la presión sobre la frente, solicitando al paciente que trate de recordar, hasta que su técnica gira hacia la asociación libre. Freud se encuentra con cierta resistencia en los pacientes, una fuerza contraria a querer recordar. Lo que descubre Freud (1893-1895/2003) es “que esa podría ser la misma fuerza psíquica que cooperó en la génesis del síntoma histérico y en aquel momento impidió el devenir-consciente de la representación patógena” (p. 275).

De aquí surge la idea de defensa. El yo ha logrado defenderse ante una representación intolerable, rechazándola. En esta parte de la teoría, Freud alude a cierta voluntad en el acto defensivo. Luego esta concepción cambiará. Más bien se tratará de un mecanismo inconsciente. Pero retomando la cuestión que aquí nos convoca: ¿cómo logra el yo defenderse de una representación que le resulta inconciliable por cuyo afecto le es penoso?

 

El yo (...) una vez que la huella mnémica y el afecto adherido a la representación están ahí, ya no se los puede extirpar. Por eso equivale a una solución aproximada de esta tarea convertir esta representación intensa en una débil, arrancarle el afecto, la suma de excitación que sobre ella gravita. (...) Empero, la suma de excitación divorciada de ella tiene que ser aplicada a otro empleo. (Freud, 1894/2005, p. 50)

 

Ahora bien, podemos vislumbrar por un lado la cuestión voluntaria del individuo para olvidar un acontecimiento penoso y en este sentido al parecer “la escisión del contenido de conciencia es la consecuencia de un acto voluntario del enfermo” (Freud, 1894/2005, p. 48). La cuestión, como dice Freud, es que olvidar no es una acción patológica, por lo tanto resulta difícil comprender el motivo y el modo en que ciertas representaciones ocasionarían síntomas.

Estas representaciones son las que Freud categoriza como inconscientes, lo cual quedó en evidencia al acceder a ellas durante el trance hipnótico y determinarlas como la causa de los síntomas. En contraste, desde el pensamiento consciente no se tenía acceso a las mismas.  

           

La existencia de estas representaciones insusceptibles de conciencia es patológica. (...) La actividad psíquica (...) se les descompone en consciente e inconsciente, y las representaciones, en susceptibles e insusceptibles de conciencia. No podemos, entonces,  hablar de una escisión de la conciencia, pero sí de una escisión de la psique. (Freud, 1893-1895/2003, p. 235)

 

¿Qué es lo que determina que una representación sea consciente o no? Freud comienza a desarrollar cómo en el aparato anímico, el punto de vista económico, refiriéndose al monto de excitación, juega un rol relevante. Cuando la excitación o monto de afecto alcanza cierto umbral, es decir cuando una representación es fuertemente investida, el yo la percibe como displacer y se defiende de ello.

Retomando la clasificación de representaciones conscientes e inconscientes, cabe mencionar lo planteado en Estudios sobre la histeria (1893-1895/2003): “el pensar consciente no puede influir sobre estas representaciones subconscientes, ni rectificarlas.” En cambio si queda, “enteramente intacta la representación subconsciente, la cual provoca fenómenos somáticos” (Freud, p. 236). ¿A qué se refiere Freud con que la representación permanece intacta dentro del sistema inconsciente?        

Podemos observar cómo lo inconsciente continúa operando de manera eficiente a pesar de haberse topado con la censura de lo consciente, a través de la formación de síntomas.

 

La existencia del síntoma tiene por premisa que algún proceso anímico no fue llevado hasta el final normalmente, vale decir, de manera que pudiera devenir consciente. El síntoma es un sustituto de lo que se interceptó. (...) Debe de haberse producido una violenta renuencia a que el proceso anímico cuestionado penetrase a la conciencia; por eso permaneció inconsciente. Y en cuanto inconsciente tuvo el poder de formar un síntoma. Esa misma renuencia (...) es lo que sentimos como resistencia. El proceso patógeno que la resistencia nos revela ha de recibir el nombre de represión. (Freud, 1917/2004, p. 268-269)

 

Entonces ¿podemos inferir que la represión, como mecanismo de defensa, ocasiona la división entre la actividad psíquica consciente y la inconsciente? Al parecer la cuestión implica mayor complejidad, pues en el texto La represión (1915/2003c), Freud menciona que “la represión (...) no puede engendrarse antes de que se haya establecido una separación nítida entre actividad consciente e inconsciente del alma, y su esencia consiste en rechazar algo de la consciencia y mantenerlo alejado de ella” (p. 142).

En ese texto, Freud expresa que será necesario indagar más en la naturaleza de la actividad psíquica consciente e inconsciente para poder continuar desarrollando el concepto de represión. En paralelo, él escribe su ensayo Lo inconsciente (1915/2003a), siendo más específico y ampliando la cuestión ontológica de lo inconsciente y su relación con los demás sistemas que componen el aparato psíquico: el sistema preconsciente y el consciente.

Previo a los textos mencionados, Freud publica en 1911, el ensayo Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. En este despliega el funcionamiento de los procesos psíquicos. Sostiene que en un principio del desarrollo del psiquismo, son los procesos psíquicos inconscientes los que gobiernan la vida anímica, bajo el principio de placer. “Estos procesos aspiran a ganar placer, y de los actos que pueden suscitar displacer, la actividad psíquica se retira (represión)” (Freud, 1911/2004, p. 224). ¿Qué proceso podría causar displacer? Lo que ha venido desarrollando Freud es la cuestión del monto de afecto, que al sobrepasar cierta carga libidinal, el aparato lo percibe como displacer.

Ahora bien, Freud recurre a la experiencia mítica de satisfacción alucinatoria para explicar cómo el aparato psíquico registra que por la vía alucinatoria no se satisface la necesidad real, y se impone la necesidad de instaurar el principio de realidad. En este sentido, la experiencia mítica de satisfacción es una hipótesis que Freud construye.

¿Qué explica esa experiencia mítica de satisfacción? que el aparato recurre, bajo el principio de placer, a la huella mnémica que quedó previamente registrada en el aparato psíquico por la experiencia de satisfacción vivida: al satisfacer, la madre o cuidador, en la realidad, la necesidad biológica del hambre.

Sin embargo, alucinar la huella mnémica no cesa la tensión ocasionada por el hambre real. Por lo tanto, dice Freud, el aparato comienza a regirse por el principio de realidad, lo que implicó el desarrollo de las funciones sensoriales y de la conciencia, la atención y la memoria, encargadas de registrar lo que acontecen en la realidad.

En este pasaje necesario del desarrollo, que da lugar a la división estructural entre lo inconsciente y lo consciente (cuando el aparato abandona la vía alucinatoria y recurre a la realidad exterior), ¿podemos ubicar la represión primordial?, como expresa Freud en el texto La represión (1915/2003c): “caemos en la cuenta de que represión e inconsciente son correlativos” (p. 142).

En el mismo texto, Freud (1915/2003c) expresa:

 

Tenemos razones para suponer una represión primordial, una primera fase de la represión que consiste que en la agencia representante psíquica (agencia representante-representación) de la pulsión se le deniega la admisión en lo consciente. Así se establece una fijación; a partir de ese momento la agencia representante en cuestión persiste inmutable y la pulsión sigue ligada a ella. (p. 143)

 

La pulsión es un concepto bastante complejo que desarrolla Freud en Pulsiones y destinos de pulsión (1915/2003b). Allí sostiene que “la pulsión nos aparece como un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanza el alma” (p. 117).

Freud expresa que la pulsión “siempre actúa como una fuerza constante”. Dicha agencia representante de pulsión reprimida e investida desde el inconsciente, insistirá de manera continua en alcanzar la satisfacción.

No obstante, el aparato psíquico se defiende para que no devenga a la conciencia. Lo logra utilizando energía de contrainvestidura. De esta manera, se mantiene la represión primordial y con ella la agencia representante de pulsión investida inconscientemente.

De esta fuerza constante que pugna por alcanzar la satisfacción, el sujeto no puede escapar. Ahora bien, Freud se pregunta (1915/2003c) ¿por qué una satisfacción pulsional sería sentida como displacentera?

 

La satisfacción de la pulsión sometida a la represión sería sin duda posible y siempre placentera en sí misma, pero sería inconciliable con otras exigencias y designios. Por tanto, produciría placer en un lugar y displacer en otro. Tenemos así que la condición para la represión es que el motivo de displacer cobre un poder mayor que el placer de la satisfacción. (Freud, 1915/2003c, p. 142)

 

Ahora bien, sabemos que lo reprimido ejerce sus efectos y que pugna por satisfacer sus mociones pulsionales. Insiste continuamente por alcanzar la satisfacción. ¿Cómo logra manifestarse en la instancia del preconsciente-consciente? Mediante sus retoños desfigurados (síntomas, sueños, lapsus, fallidos) para que no se reconozca la participación del sistema inconsciente en ellos y así poder sortear la censura.

No obstante, una segunda operación de la represión, llamada esfuerzo de dar caza o secundaria, se encarga de reprimir lo que se halla de alguna manera en lo preconsciente-consciente asociado a lo inconsciente. En este sentido, quizá podríamos pensar el planteo de Freud cuando hace mención a que la represión puede operar luego de que las instancias (consciente e inconsciente) estén constituidas.

“La segunda etapa de la represión, la represión propiamente dicha, recae sobre retoños psíquicos de la agencia representante reprimida o sobre unos itinerarios de pensamiento que, procedentes de alguna otra parte, han entrado en un vínculo asociativo con ella”  (Freud, 1915/2003c, p. 143).

Cabe mencionar que se tiene noticias de la pulsión sólo por su representante, y que el mecanismo de la represión cuando opera en ella, lo hace sustrayendole el monto de afecto que la inviste. Esta misma energía es la que en el aparato psíquico, además de enlazarse con otra representación preconsciente, es la que se utiliza como energía de contrainvestidura, logrando mantener la represión primordial.

 

Consideremos el caso de la represión propiamente dicha (del esfuerzo de dar caza), tal como se ejerce sobre la representación preconsciente o aun sobre la ya consciente; entonces la represión sólo puede consistir en que a la representación se le sustraiga la investidura (pre)consciente que pertenece al sistema preconsciente. La representación queda entonces desinvestida, o recibe investidura del inconsciente, o conserva la investidura inconsciente que ya tenía. (Freud, 1915/2003a, p. 177)

 

No obstante, las instancias dentro del aparato psíquico no operan de forma aislada, sino cooperando de manera dinámica entre sí. Por ello, para comprender este mecanismo de la represión, no debemos limitarnos sólo a pensarla en término de repulsión consciente:

 

Se comete un error cuando se destaca con exclusividad la repulsión que se ejerce desde lo consciente sobre lo que ha de reprimirse. En igual medida debe tenerse en cuenta la atracción que lo reprimido primordial ejerce sobre todo aquello con lo cual puede ponerse en conexión. Probablemente, la tendencia a la represión no alcanzaría su propósito si estas fuerzas (atracción-repulsión) no cooperasen, si no existiese algo reprimido desde antes, presto a recoger lo repelido por lo consciente. (Freud, 1915/2003c, p. 143)

 

Todo lo anterior nos permite visualizar cómo la vida anímica se encuentra regida por cierta carga libidinal, planteando los procesos psíquicos desde la dimensión económica y dinámica, y no únicamente desde la categorización inicial en procesos inconscientes o conscientes. Esta concepción implica que la relación entre los diferentes sistemas del aparato psíquico no es simple, sino más bien, compleja y guiada por un conflicto. Allí es donde se activa la defensa, que luego Freud ubica como la represión.

Se ha podido detallar el conflicto: en sus inicios la necesidad de los procesos inconscientes de tener que adaptar su principio de placer al de realidad para satisfacer de alguna manera lo pulsional. Esto trajo como consecuencia cierta renuncia. Sin embargo, eso es lo que insiste, no se quiere renunciar al principio del placer que se supone que “garantiza” la satisfacción, que como bien ubica Freud en la experiencia mítica, es ilusoria. Siempre quedará un resto de insatisfacción.

Eso que insiste es la pulsión que “siempre actúa como una fuerza constante” (Freud, 1915/2003b, p. 114), entonces como tal, se las arregla para retornar y lograr su satisfacción y es allí que el conflicto persiste. Esto despierta una segunda operación de aquella represión primordial o primaria, Freud la denomina como el “esfuerzo de dar caza”: un intento por volver a reprimir todo aquello que perturbe el equilibrio libidinal que ilusoriamente se pretende alcanzar. De este modo, el recorrido nos sitúa en una paradoja fundamental: ¿es, entonces, la búsqueda de satisfacción de la pulsión la que activa la defensa?

 

Referencias bibliográficas:

 

  • Freud, S. (2003). Obras completas: Vol 14. Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico (1914). Amorrortu.

  • Freud, S. (2003). Obras completas: Vol 2. Estudios sobre la histeria (1893-1895). Amorrortu.

  • Freud, S. (2003a). Obras completas: Vol 14. Lo inconsciente (1915). Amorrortu.

  • Freud, S. (2003b). Obras completas: Vol 14. Pulsiones y destinos de pulsión (1915). Amorrortu.

  • Freud, S. (2003c). Obras completas: Vol 14. La represión (1915). Amorrortu.

  • Freud, S. (2004). Obras completas: Vol  16. 19ª conferencia. Resistencia y represión (1917). Amorrortu.

  • Freud, S. (2004). Obras completas: Vol 12. Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911)Amorrortu.

  • Freud, S. (2005). Obras completas: Vol 3. Las neuropsicosis de defensa (1894). Amorrortu.

 

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